Mi hijo tartamudea

La tartamudez infantil es un trastorno de la comunicación que puede llegar a afectar a muchas áreas de la persona que la padece.  En la mayoría de los casos aparece alrededor de los 3 años de edad y en torno al 80% de los casos desaparece sola en los años siguientes a su aparición.

El problema principal de que la tartamudez se instale es que puede ser el caldo de cultivo de algunos problemas de ansiedad como la fobia social, el miedo a hablar en público, el miedo escénico, etc.

¿QUÉ HACER SI MI HIJO PEQUEÑO TARTAMUDEA?

Empezaremos describiendo lo que NO hay que hacer.

Como alguna vez hemos comentado, tenemos una manera de hacer que una conducta se instale: El refuerzo de dicha conducta. Pero además en los niños, lo que nosotros podríamos pensar que es un castigo a veces funciona como refuerzo porque obtienen atención.

Pongamos un ejemplo de que lo que sería reforzar una conducta de tartamudeo en un niño:

Cada vez que Jorge “se queda atascado” en una palabra los adultos de su alrededor se ríen con la intención de que él no se sienta mal y le hacen reír también a él. Si ven que se agobia mucho también a veces le dice cosas como “no pasa nada cariño” mientras le dan mimos, pasan un rato largo consolándole y prestándole atención aunque el agobio se le ha pasado hace ya rato.

Hacer cualquiera de estas dos cosas (si al niño le hacen sentir bien) es un error porque puede ocurrir que el niño fuerce el tartamudeo únicamente con la intención de convertirse en el centro de atención o para recibir cariño.

En el caso del castigo podría ocurrir que el niño vea que los demás no le están haciendo caso y fuerce la conducta para que le presten atención, recordemos que los niños prefieren la atención muchas veces aunque sea para reñirles.

 

Veamos ahora lo que debemos hacer:

Recordemos que la técnica que aplicamos para que una conducta desaparezca es la Extinción y que además la combinamos con el refuerzo de las conductas incompatibles con esa. La extinción consiste básicamente en ignorar el tartamudeo, no reaccionamos de ninguna manera, nos comportamos de manera natural de modo que el niño no percibe ninguna atención extra. Además podemos combinarlo con el refuerzo cuando habla sin tartamudear.

Por ejemplo:

Cuando Jorge tartamudea los adultos que hay a su alrededor esperan y escuchan sin interrumpirle, sin acabar la frase por él, sin reírse (a no ser que el contenido sea gracioso) y sin reñirle. Es decir, actúan como si no estuviera tartamudeando. 

Cuando consigue no tartamudear le dicen cosas como “qué bien te has explicado, cariño” para que la conducta de no tartamudear y el esfuerzo se vean valorados. 

 

 

“Los enemigos más encarnizados de nuestras ideas son aquellos que no las entienden”

Albert Einstein

 

 

No creo en la psicología

Este fin de semana alguien me dijo: “Yo no creo en la psicología”.

Es una de las situaciones que a veces tenemos los psicólogos en nuestro día a día. Igual que nos preguntan cosas como “¿Me estás psicoanizando ahora?” o “¿Después de este café cuánto sabes ya sobre mí que yo no sepa?”

Sé que algunos colegas se enfadan por este tipo de preguntas, y no les culpo. Puede resultar ofensivo que una persona adulta cuestione tu trabajo de esta manera, sin ni siquiera darse cuenta de que lo está haciendo. Además en injusto que uno tenga que defender su profesión más allá de la propia práctica misma donde, obviamente, todo queda demostrado.

En cualquier caso allí estaba yo, frente a esta persona en concreto, en este momento concreto y con muchas ganas de darle una respuesta. No estaba ofendida así que decidí demostrar cómo trabaja un psicólogo.

¿Qué hice? Evalúe la situación, me di cuenta de que el problema era el desconocimiento y me puse un objetivo: Acabar con ese desconocimiento.

Había varias personas mirándome, algunas que me conocen y saben cómo me gusta mi trabajo me miraban preocupadas, pensando que yo estaría ofendida, dolida, enfadada… Pero nada más lejos de la realidad.

Respondí:

La verdad es que yo tampoco creo en la psicología. No hace falta que creas en algo que la ciencia ha demostrado. Podrías no creer en la medicina pero el médico te curará igualmente.

 

Funcionó. Porque no respondí algo personal, porque no me ofendió su ignorancia, y porque hice lo que hacemos los psicólogos: evaluar, generar un plan de acción y tratar el problema para erradicarlo.

La verdad es que cada vez estos comentarios son menos porque la gente está más informada. Pero en cualquier caso, ningún psicólogo debería ofenderse por estar en una situación así, debería aprovecharla como una oportunidad para enseñar.

Una vez un paciente me dijo “Yo no creo en la psicología, creo en ti”. Y para mí fue uno de los mejores piropos que nunca nadie me ha dicho. Además de todo un reto.

Cuando uno ama su profesión y está seguro de su rendimiento los retos son emocionantes y estimulantes. Nunca son una amenaza.